En su extensa producción para la música escénica Verdi concretó tres óperas basadas en obras teatrales de William Shakespeare.

El primer encuentro con el célebre dramaturgo inglés fue justamente “Macbeth”, su décima ópera, compuesta a los 34 años de edad. Cuatro décadas más tarde, al final de su actividad creativa y cuando Verdi era ya todo un consagrado, vendrían “Otello” y “Falstaff”, basada esta última en la comedia “Las alegres comadres de Windsor”. Debe tenerse en consideración en este conteo que Giuseppe Verdi mantuvo durante mucho tiempo la idea, nunca concretada, de componer una ópera sobre “El Rey Lear”, también de Shakespeare.

Después del estreno de “Attila”, en Venecia, en marzo de 1846, Verdi era esperado en Londres para presentar una nueva ópera, pero éste cayó enfermo y el viaje se pospuso. Tras unos meses de reposo y descanso laboral, Verdi ya estaba en condiciones de volver a componer, y así fue como barajando proyectos e ideas junto a su amigo el Conde Andrea Maffei, comenzaron a gestarse dos nuevas óperas: “I Masnadieri” y “Macbeth”.

De las dos, “Macbeth” entusiasmó con más fuerza al compositor, debido tanto a su gran gusto por la obra shekespereana como a tener más claro un idóneo elenco de cantantes para su abordaje. Con “Macbeth” se respondería a requerimientos que vinieron de Alessandro Lanari, empresario del Teatro della Pergola de Florencia.

La admiración de Verdi por Shakespeare lo llevó a encargarse el mismo del libreto, el cual escribió en prosa y luego fue versificado por Francesco Maria Piave. El tiempo pasó, se detuvo el trabajo para “I Masnadieri” y Verdi asumió cada vez con mayor entusiasmo ya no sólo la composición musical de “Macbeth” sino también cada unos de los aspectos de la puesta en escena de la que él no vaciló en señalar que era “la más querida de todas mis óperas”.

En febrero de 1847 Verdi se instaló en Florencia y comenzó su trabajo de ensayos, de donde surgieron algunas opiniones sobre los cantantes, que han hecho historia y que demuestran el compromiso teatral y dramático que por primera él estaba asumiendo para con una de sus óperas. Al barítono que tendría a cargo el papel protagónico en el estreno, el maestro le dijo” “Quisiera que usted fuese más un fiel servidor del dramaturgo que del compositor”. Y sobre quien debía encarnar el decisivo rol de Lady Macbeth, Verdi advirtió “Esta señora es una mujer hermosa y yo quiero que en el rol aparezca como un personaje feo y malo. Ella canta demasiado bien, como un ángel, pero lo que yo deseo es un sonido áspero, sofocado, duro y oscuro. Lady Macbeth debe ser como el mismo demonio”.

 
 

“Macbeth” tuvo su estreno el 14 de marzo de 1847 en el Teatro della Pergola de Florencia, con un enorme éxito. Tanto fue éste que en aquella función el maestro Verdi tuvo que salir ni más ni menos que 38 veces a saludar a la enfervorizado audiencia.

Pero esta versión estrenada en Florencia no es la versión que hoy más se conoce. Por petición del editor francés Leon Escudier, quien quería una versión de “Macbeth” en francés y adaptada al gusto de los franceses, el 21 de abril de 1865, la ópera fue estrenada en el teatro Lírico de París, en idioma galo y con la introducción de importantes cambios. Entre estas alteraciones, aparte del obligado pasaje de ballet, se incluyó el aria de Lady Macbeth “La luce langue” y el coro “Patria opressa”.

Aunque la versión original de 1847, siguió presentándose por algún tiempo, pronto comenzó a primar la traducción italiana de la versión mostrada en París, llegándose así a la factura definitiva con que “Macbeth” hoy suele representarse y llevarse al disco.

Ciertamente “Macbeth” se constituye en un claro giro dentro de la temprana labor creativa de Verdi, precedida por una sucesión de óperas (entre ellas “Nabucco”, Los lombardos” y “Attila”) donde domina el elemento patriótico. En esas óperas hay un tratamiento psicológico de escasa profundidad para con los personajes y se valoran aspectos formales, tal vez externos, que atienden más que nada a privilegiar lo musical. Con “Macbeth”, en cambio, Giuseppe Verdi se concentra en los elementos teatrales, como directa consecuencia, sin dudas, de la gran admiración del compositor por una obra dramática de proyección universal. Señálese entonces que el respeto de Verdi por Shakespeare lo llevaría no a convertir su obra en un melodrama sino justo lo contrario: fue el melodrama el que se adaptó a la obra teatral.