Acto III

Una posada aislada, al borde del rio, de noche.

Sparafucile vive aquí con su hermana Magdalena, cuyo papel es de atraer a los hombres para robarles o incluso matarles.

Rigoletto y Gilda están afuera. Rigoletto quiere enseñar a su hija la verdadera cara del Duque. Disfrazado de soldado, el Duque se acerca y da los primeros pasos a Magdalena que finge rechazar. Es el famoso cuarteto: el Duque implora el amor de la bella que contesta riendóse. Gilda está desesperada: son las mismas palabras de amor que oye pero que ya no se dirigen a ella. En cuanto a Rigoletto, sólo piensa en vengarse. Sparafucile sale de la posada. Rigoletto le da la mitad del dinero convenido para el asesinato del Duque. Figurandóse haber convencido a su hija de la mala fé del Duque, le ruega que se marche a Verona, disfrazada de hombre para mayor seguridad.

La tormenta estalla. Magdalena suplica a su hermano que perdone al Duque. Acepta dandóle una última oportunidad. Si alguién se presenta a la posada antes de medianoche, cogerá el sitio en el saco destinado al Duque. Gilda que se había acercado, lo ha escuchado todo. Decide sacrificarse. Ella llama a la puerta; se oye un grito; y es de nuevo el silencio. La tormenta ha acabado. Rigoletto viene a buscar el saco y paga lo que debe a Sparafucile. Se aleja, su venganza cumplida. De repente se detiene. Se oye la voz del Duque cantando a lo lejos: "la donn'é mobile". Aterrado, Rigoletto abre el saco y descubre a su hija moribunda. El tema de la maldición resona por última vez.