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Esta ópera fue escrita sobre un tema bíblico con la nada disimulada finalidad de que se permitiera su representación en la época de cuaresma; sin embargo, con el tiempo sería una de las más representativas de la etapa un tanto mitificada en la que un Verdi todavía joven e inexperto dejaba brotar espontáneamente su vena lírica sin preocuparse mucho por la calidad del libreto ni por su verosimilitud, pero logrando también por esto unos efectos de gran intensidad épica, entrelazados con la fresca y generosa vena lírica de su juventud creativa.

La naturaleza de su libreto, que está construido de un modo parecido al del entonces célebre Mosè de Rossini, deja en un segundo plano las inquietudes amorosas de los personajes, de modo que puede decirse que lo que predomina en la ópera son las tensiones derivadas de dos modos opuestos de vivir una fe religiosa y de dos concepciones totalmente distintas del poder civil.

De todos modos, la pervivencia de Nabucco en el repertorio no se debe a sus contenidos políticos ni teatrales, sino a la vibrante, intensa y cautivadora música con la que Verdi supo decorar la fábula bíblica del libreto de Temistocle Solera, entre cuyas líneas el compositor tuvo la habilidad de ver el sentido noblemente patriótico, así como su mensaje de esperanza y sus recomendaciones al pueblo para que mantuviera su fortaleza, en la convicción de que también para Italia, como para el pueblo de Israel en el escenario, llegaría el día de la salud nacional.

La temporada de la Scala de Milán estaba completa para 1841-1842, cuando Verdi se dirigió a Merelli, empresario del Teatro alla Scala de Milán, con la ópera Nabucco terminada. Merelli había prometido al compositor que, si algún día volvía a componer, le avisase dos meses antes de empezar la temporada y que él estrenaría su nueva ópera. Verdi llegó demasiado tarde, ya que la temporada estaba completa con tres estrenos; y un cuarto estreno de un compositor no reconocido podía ser perjudicial para el teatro y para Verdi, pero éste, empeñado en que se estrenase durante el Carnaval y sabiendo que el teatro podía contar con dos cantantes a la medida de sus personajes principales (la señora Strepponi y Ronconi, en quienes Verdi tenía puestas grandes esperanzas), no dejó en paz al empresario, que quería esperar a la siguiente temporada.

Algunos días después Verdi mandó una carta a Merelli en la que, de una forma verdaderamente fogosa, expresaba su indignación al no ver anunciada su ópera en los cartelones de la temporada. Verdi se arrepintió más tarde de lo que había hecho, creyendo que Merelli se enfadaría y no estrenaría su obra, pero cual fue su sorpresa cuando

recibió el encargo de irlo a ver al teatro. Le aseguró que la ópera se estrenaría durante el Carnaval, si Verdi aceptaba que para la escenografía y el vestuario utilizase el material de otras óperas que había en el teatro; el compositor aceptó con gran ilusión. Durante los últimos días del mes de febrero comenzaron los ensayos de Nabucco, y doce días después del primer ensayo con piano se estrenó la obra en la Scala de Milán, exactamente el 9 de marzo de 1842.

El estreno fue un rotundo éxito. Una tempestad de aplausos, las ovaciones interminables, los gritos de una multitud delirante, le llevaron bruscamente a la realidad. ¿Qué significaba aquel triunfo? sacudióla cabeza como para despertarse. No, no soñaba. El 9 de marzo de 1842 era él, en la Scala, el héroe de la jornada. Otro hombre, que debía olvidar definitivamente su pasado, acababa de nacer: Giuseppe Verdi. Ya teníamos, y por una sola obra, al compositor convertido en una celebridad en Milán. Desde los primeros compases de la obra, los mélomanos más expertos habían presentido algo inhabitual. Los contrastes de colores, las oposiciones de matices y una pulsación rítmica desconocida se imponían. La continuación no hizo sino confirmar a los espectadores en esa opinión, al mismo tiempo que ganaba la adhesión y luego el entusiasmo de toda la sala. En cada entreacto, las conversaciones aportaban precisiones: Nabucodonosor, según algunos, había sido confiado al joven desconocido porque el famoso Nicolaï, llamado a importantes funciones en Berlín, rechazó el libreto de Temístocles Solera; según otros, Josefina Strepponi había insistido en cantar el papel de Abigail. Los mejor informados daban a entender que la continuación de la obra era superior a lo que ya se había escuchado; los más vehementes aseguraban que aquella noche haría época en la historia de la Scala y en la de la ópera, no faltando quienes llegaran a predecir el descubrimiento de un genio.

Nabucodonosor, representado cincuenta y siete veces en cuatro años, lo que constituía un record sin precedentes en los anales milaneses, se convirtió rápidamente en Nabucco, como si por ese sobrenombre familiar, cada cual lo integrara a los suyos. Verdi reconoció que su ópera había nacido con buena estrella, pues todo lo que había ido en su contra se volvió a su favor. El gran éxito de Milán repercutió rápidamente en las ciudades más importantes de Europa: Viena, Lisboa, Barcelona, París, Madrid, Londres, Nueva York, Suiza y Alemania.

Hoy en día, la obra considerada por los especialistas como una de las más importantes creaciones del compositor de Busetto, de obligado repertorio en todo el mundo, es: NABUCCO